martes, 10 de mayo de 2011

Incidente Ovni. Caso Manises.

El Incidente OVNI de Manises o Caso Manises fue un avistamiento de origen desconocido ocurrido el 11 de noviembre de 1979, que provocó que un vuelo comercial tuviera que hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Manises (Valencia).
El suceso lo protagonizó un Supercaravelle de la compañía TAE (ya desaparecida). Este vuelo, el JK-297 con 109 pasajeros, procedía de Salzburgo (Austria) y había hecho escala en Mallorca antes de seguir rumbo a Tenerife.
A medio camino y sobre las 11 de la noche, el piloto Francisco Javier Lerdo de Tejada y su tripulación observaron una serie de luces rojas que se dirigían hacia la propia aeronave. El rumbo de colisión de este presunto artefacto provocó un gran nerviosismo en la tripulación. El comandante pidió información sobre las extrañas luces, pero ni el radar militar de Torrejón de Ardoz (Madrid), ni el centro de control de Barcelona pudieron dar una explicación del fenómeno.
Para evitar una posible colisión, el comandante elevó su aparato, pero las luces hicieron lo mismo y se colocaron a apenas medio kilómetro del avión. La imposiblidad de hacer una maniobra para esquivarlas provocó que el comandante se viese forzado a desviar su rumbo y aterrizar de emergencia en el aeropuerto de Manises. Era la primera vez en la historia que un avión comercial se veía obligado a aterrizar de emergencia debido a un avistamiento ovni, ya que el no identificado estaba violando todas las normas básicas de seguridad.
Las luces detuvieron la persecución antes del aterrizaje. Tres formas no identificadas fueron detectadas finalmente por el radar. El tamaño de aquella forma luminosa fue calculado en unos 200 m de diámetro, y fue observado por numerosos testigos. Una de las extrañas formas pasó muy cerca de la pista de aterrizaje. Incluso se llegaron a encender las luces de emergencia en previsión de que aquél fuera un vuelo no registrado en apuros.
Ya el día siguiente, sobre las 0.40 horas, un Mirage F-1 despegó de la cercana base aérea de Los Llanos (Albacete) con el objetivo de identificar el fenómeno. El piloto, Fernando Cámara, capitán del Ejército del Aire, tuvo que aumentar su velocidad hasta 1,4 mach para finalmente distinguir una forma troncocónica que cambiaba de color, aunque enseguida el artefacto desapareció de su vista. El piloto recibió información sobre un nuevo eco del radar, que indicaba que un nuevo objeto, o quizás el mismo, estaba sobre Sagunto. Cuando el piloto se acercó lo suficiente, el objeto aceleró y desapareció de nuevo. Pero esta vez, el caza fue blocado (detectado por un radar ajeno concretamente de onda continua como los que usan los misiles). En términos de defensa esto se considera una operación agresiva. Finalmente, ocurrió lo mismo por tercera vez, y esta vez el ovni desapareció definitivamente rumbo a África. Tras hora y media de persecución, y debido a la falta de combustible, el piloto tuvo que volver a su base sin resultados.
A lo largo del último medio siglo ha habido múltiples testimonios similares de otros pilotos que han vivido situaciones similares, y se les supone suficientemente preparados para afrontar estos hechos. Sin embargo, en esta ocasión el peligro parece que fue demasiado evidente.
Esto, sumado al hecho de que los medios de comunicación estuvieran saturados en aquella época de noticias ovni, pudo influir tanto en la tripulación del aparato como en la opinión pública. Por eso hay que comprender que se relizara una operación tan extrema como el aterrizaje de emergencia.
Hay múltiples explicaciones de este suceso: desde los que creen que el fenómeno ovni consiste en la visita de habitantes de otros mundos hasta los que piensan que aquellas luces no eran más que astros nocturnos o fenómenos meteorológicos, aunque de estos últimos fenómenos no hay ninguno conocido que tenga la dinámica de las luces del caso Manises.
Los escépticos explican el bloqueo electrónico del Mirage F-1 basándose en que estaba estacionada en la zona la Sexta Flota de la Marina de los Estados Unidos con un potente sistema de guerra electrónica, pendiente de los sucesos de la crisis de los rehenes en Irán.
La explicación oficial vendría gracias al expediente del Ejército del Aire, que sería desclasificado años después, en agosto de 1994. El asunto llegó incluso al Congreso de los Diputados, cuando en septiembre de 1980 el diputado Enrique Múgica pidió una explicación de lo ocurrido.
Una de las explicaciones más recientes de los hechos, auspiciada por la Fundación Anomalía, afirma que las luces vistas por la tripulación del Supercaravelle JK-297 eran en realidad las llamaradas de las torres de combustión de la refinería de Escombreras, junto a Cartagena. No obstante, a las tripulaciones aéreas se las supone suficientemente preparadas para reconocer cuando una luz tiene un origen fijo en el suelo o tiene un movimiento a velocidad similar a un avión, imposible en el caso de una llamarada de una refinería.
El suceso no está cerrado y sigue siendo fruto de debates y todo tipo de explicaciones.







La Fundación Anomalía resuelve el caso Manises

En el veinte aniversario del avistamiento ovni más famoso de los ocurridos en España, la Fundación Anomalía (www.anomalia.org) ha facilitado a EFE un amplio informe del ingeniero técnico valenciano Juan Antonio Fernández Peris, que da el carpetazo definitivo al emblemático incidente aéreo acaecido el 11/11/79 sobre el Mediterráneo. En efecto, después de una dilatada investigación de cerca de dos décadas, el "caso Manises" ha quedado explicado. El 11 de noviembre de 1979 un avión de la ya desaparecida Compañía TAE con 109 pasajeros a bordo realizó un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Manises (Valencia), debido a la posibilidad de colisión con unas extrañas luces rojas que se divisaban desde la cabina. Según el relato de los pilotos, las dos luces, que comenzaron a observar a las 23,05 horas, fueron acercándose progresivamente a la aeronave, provocando un enorme nerviosismo en la tripulación. Al no confirmarse por parte del Centro de Control de Tránsito Aéreo de Barcelona la existencia de otro vuelo en las cercanías, el piloto Francisco-Javier Lerdo de Tejada decidió abortar el vuelo y realizar un aterrizaje de emergencia en Manises, a donde llega a las 23,45 horas, a pesar de que el radar militar no confirmase ninguna presencia física anormal en derredor suyo.
A las 00,40 horas del día siguiente, y debido a los testimonios procedentes de la anexa base aérea de Manises, desde donde también decían ver luces, un Mirage F-1 despegó de la base de Los Llanos (Albacete) con objeto de identificarlas, sin lograrlo. Durante su búsqueda, el caza sufrió diversas interferencias en sus comunicaciones radio y sistemas de defensa.
Fernández Peris -galardonado con el Premio Ricardo Caruncho por este trabajo- pudo averiguar que las luces observadas por la tripulación eran, en realidad, las llamaradas de las torres de combustión de la refinería de Escombreras (Cartagena). La dirección en que fueron vistas las luces coincide perfectamente, así como la separación angular aparente de las luces y la de las llamaradas del complejo petroquímico. La magnitud de éstas y sus características ayudaron a la confusión, pero fue la existencia de una fuerte inversión de temperatura, durante una noche de visibilidad extraordinaria, lo que contribuyó decisivamente a distorsionar la observación de dichas llamaradas.
El estado anímico del piloto le provocó un ataque de ansiedad y pánico ante las lejanas luces que parecían anómalas y, ante la falta de apoyo del Centro de Control correspondiente, tomó una decisión obviamente desproporcionada. Hay que recordar que, en aquellas fechas, los medios de comunicación españoles estaban saturados de noticias sobre ovnis y el ambiente era totalmente propicio a la creencia en que éramos visitados por naves extraterrestres.
La tensa situación creada en el aeropuerto llevó al personal de tierra a prestar atención a cualquier luz que apareciese en la bóveda celeste, que fueron posteriormente identificadas como estrellas y planetas. En cuanto al Mirage pilotado por el capitán Fernando Cámara, que volvió a su base de partida a las 02,07 horas, estuvo desorientado persiguiendo distintos estímulos luminosos indefinidos sin relación con la visión del avión de la TAE. El hecho más sorprendente, la aparición de interferencias sufridas por el caza cuando sobrevolaba Valencia, fue debido a las fuertes contramedidas de guerra electrónica procedentes del portahelicópteros Iwo-Jima de la Sexta Flota norteamericana que se hallaba situado cerca de las islas Columbretes y en estado de máxima alerta por la "crisis de los rehenes" en Irán.
Fue una inusual combinación de circunstancias fortuitas lo que llevó a que se magnificaran hechos que, en condiciones normales, serían triviales. 



domingo, 8 de mayo de 2011

Accidentes cósmicos: Diez golpes de suerte para la humanidad

Aquí estamos, pequeños seres en un pequeño planeta orbitando una estrella insignificante en una galaxia bastante común en una zona indistinguible de un universo inimaginablemente vasto.
Sin embargo, hay algo en nuestra existencia que se siente, bueno, especial. Desde el alboroto de principios del Cosmos a los dolores de crecimiento de nuestro planeta y los audaces saltos evolutivos de la vida, no hay ninguna cosa en la forma en la que hemos llegado hasta aquí que parezca obvia, o siquiera probable.
Tal vez en otros rincones del Cosmos otros seres sentientes están reflexionando acerca de la inverosimilitud de sus orígenes. Quizás esa misma inverosimilitud significa que estamos solos con nuestras preguntas. En cualquier caso, síganos mientras recorremos diez puntos de inflexión en nuestra historia, los accidentes cósmicos que condujeron hasta nosotros.

13.750 millones de años atrás: Cómo evitamos el vacío
No existiríamos si nuestro vecindario cósmico hubiera sido sólo un poquito menos denso que el promedio durante los tumultuosos momentos que siguieron al Big Bang.
Todo comenzó con una explosión. Qué coincidencias cósmicas precedieron al nacimiento de nuestro Universo es algo que está en el terreno de la especulación. Baste decir que hace unos 13.750 millones de años -yoctosegundo más o menos- el Cosmos decidió qué quería ser cuando fuera grande.
"Mucho más grande", si le creemos al modelo más popular de los orígenes del Universo. Según la teoría de la inflación, el Universo recién nacido fue bañado con algo llamado "campo de inflación" que lo llevó a una expansión exponencial por un período de 10-32 segundos, estirándolo de forma plana y uniforme durante el proceso.
Este modelo conviene a otras características de nuestro Universo difíciles de explicar de otra manera, pero el verdadero punto de interés es que el campo de inflación, aunque esencialmente uniforme, no fue idéntico en cada parte del espacio. Las fluctuaciones cuánticas al azar lo hicieron ligeramente más denso aquí y un poco menos denso allá. Es una suerte para nosotros que fuera así, y que "aquí" y "allá" se dispusieran de esa manera. Si "aquí" hubiera sido un poco menos denso que el promedio, no existiríamos. En cien millones de años luz a la redonda sólo habría un vacío oscuro y sin vida.
Este cuanto microscópico de ruido, amplificado por la gravedad, con el tiempo se convirtió en una gran aglomeración de galaxias y cúmulos de galaxias, conocida como el Supercúmulo de Virgo. Entre sus muchos grupos hay un manojo disperso e indistinguible que llamamos el grupo local. Dentro de este está la Vía láctea, nuestro hogar.
Mirando al Cosmos, los astrónomos pueden ver el patrón moteado de la radiación de fondo de microondas, una instantánea del proceso de crecimiento y consolidación cuando se formaron los primeros átomos estables, unos 380000 años después del Big Bang. Las variaciones en el patrón parecen ser completamente al azar, y la mayoría de los físicos considera que las fluctuaciones cuánticas que lo crearon no tienen causa alguna. De todos los accidentes felices, este podría ser el más accidental.

13.750 millones de años atrás: Inclinando la balanza de la antimateria
¿Por qué el Cosmos no es un mar de radiación blanda? El triunfo de la materia sugiere que las leyes de la física están sesgadas.
Aún enormemente denso y caliente, el Universo post-inflacionario fue una mezcla de partículas -electrones, positrones, quarks, antiquarks y similares- zumbando alrededor sin ningún propósito en particular. Las uniones estables entre partículas para crear estrellas, planetas y vida estaban todavía muy lejos. Un obstáculo era el casi idéntico número de partículas de materia y de antimateria. Para que nosotros estuviéramos aquí, una de las dos tenía que ceder.
No se puede hacer un planeta o una persona con luz. Uno necesita materia, partículas pesadas y estables como protones y neutrones. Y sin embargo, parece que la existencia de la materia es un accidente extraordinario. Las teorías estándar dicen que se crearon iguales cantidades de materia y de antimateria después del Big Bang. Dado que al contactarse se aniquilan entre sí, generando pares de fotones de alta energía, todo lo que debería haber hoy en el Cosmos es un mar de radiación inquieta y blanda.
No es éste el caso. Algo parece haber favorecido la creación de materia en un momento crucial dentro de los primeros instantes posteriores al Big Bang.
Un exceso de una sola partícula de materia por cada mil millones podría haber sido suficiente como para dar lugar al conveniente resto de materia de hoy en día. Pero ¿cómo pudo surgir este desequilibrio? Aunque existe un sesgo a favor de la materia en algunas reacciones entre partículas, es demasiado leve aun para crear esta pequeña ventaja. Así que los físicos suponen que un sesgo más fuerte, consecuencia de procesos desconocidos que están más allá del modelo estándar de la física de las partículas, debió intervenir en el tipo de altas energías que prevalecían en los comienzos del Universo.
La sospecha que va en aumento es que esta superfísica puede variar, cambiando a través de una multitud de universos. Si es así, nuestro pequeño universo observable tuvo la suerte de acopiar materia, mientras que otros universos serán baldíos de radiación.
La materia no es la única víctima potencial de esa física cambiante. La misma podría conducir a algunos universos ultradensos que colapsan dentro de agujeros negros, y otros atados con energía oscura que rápidamente desgarraría todas las estructuras. Dentro de este cuadro, la aparición de un universo que eventualmente se volviera hospitalario para los seres humanos es un acontecimiento verdaderamente raro.

4.600 millones de años atrás: Encendiendo nuestra estrella
Hidrógeno, helio, polvo interestelar... los ingredientes de un sistema solar. Mézclelos y préndales fuego.
La materia prevaleció y no miró atrás. Cuando se enfrió el Universo rápidamente se formaron átomos y moléculas estables. En cien millones de años aparecieron las primeras estrellas, gigantes de hidrógeno y helio. Vivieron rápido y murieron jóvenes en grandes explosiones que sembraron el Cosmos con elementos más pesados, los ingredientes de las estrellas y galaxias posteriores. Entre éstas estaba la Vía Láctea. Nada interesante pasó en una de sus esquinas hasta unos 9.000 millones de años después del Big Bang.
¿Qué se necesita para formar un sistema solar? Hidrógeno, helio y una pizca del polvo que llena los espacios entre las estrellas. Todos estos elementos abundaban en nuestro rincón del Cosmos más de 4.600 millones de años atrás. Pero hacía falta algo más: una chispa que prendiera fuego a esa nube de gas inerte.
Hay pistas preservadas en los meteoritos sobre la naturaleza de esa chispa. A diferencia de las a menudo derretidas y mezcladas rocas nativas de nuestro planeta, los meteoritos han permanecido virtualmente sin cambios desde que se condensaron cuando el sistema solar se estaba formando, preservando la química de aquellos primeros milenios.
Un meteorito en particular, descubierto en 2003 en Bishunpur, India, contenía grandes cantidades de hierro-60, un isótopo radiactivo que se desintegra en unos pocos millones de años hasta convertirse en níquel-60. Como el hierro-60 tiene una vida tan corta, el gas interestelar generalmente sólo alberga trazas de este elemento. Las grandes cantidades halladas en el meteorito de Bishunpur implican que nuestro sistema solar se formó a partir de una mezcla mucho más rica.
Lo más probable es que esta mezcla fuera aderezada por una supernova vecina. Estas explosiones masivas estelares son uno de los pocos procesos cósmicos conocidos que crean grandes cantidades de isótopos radiactivos pesados como el hierro-60. Las ondas de choque de una de estas supernovas pueden haber desencadenado la formación del Sol y de los planetas mediante la compresión del gas primordial.
O la concepción de nuestro sistema solar podría haber sido un asunto más suave. Según los nuevos cálculos, una estrella roja gigante de suficiente tamaño puede rivalizar con una supernova en la producción de hierro-60 y producir otros elementos radiactivos en las proporciones adecuadas como para adaptarse a los registros de los meteoritos. Estos elementos se pueden haber forjado en la capa más profunda de la estrella, pueden haber sido transportados a la superficie por convección, y haber sido eyectados como parte de un poderoso viento estelar capaz de despertar a cualquier nube de gas cercana.
Se haya originado a partir de una explosión o de una eyección, el Sol es la estrella más evidente a la que tenemos que agradecer nuestra existencia.

4.500 millones de años atrás: Marte ataca
Una colisión interplanetaria colosal no suena como algo bueno, pero sin ella las cosas podrían haber resultado muy diferentes.
Cuando el Sol tenía cien millones de años, el polvo que había sobrado de su formación se coaguló en los cuerpos orbitantes del sistema solar naciente. Hay pequeños conglomerados rocosos cerca del Sol y cuerpos más grandes, congelados, en los fríos recesos exteriores. Hasta ahora, sin embargo, poco permite distinguir a la tercera roca a partir del Sol de cualquier otra.
El Sistema Solar en el que se encontraba la bebé Tierra era un entorno inestable, lleno de conglomerados rocosos que daban vueltas en órbitas irregulares. Hace unos 4.500 millones de años, uno de ellos, un cuerpo del tamaño de Marte, golpeó a nuestro planeta. El resultado fue una reorganización completa. Algo del material impactante quedó atrapado, mientras que el resto permaneció en órbita junto con pedazos de la Tierra excavados por la colisión, formando la Luna.
No suena como un acontecimiento particularmente propicio. Pero por suerte dio como resultado un satélite que es anormalmente grande en comparación con el planeta madre. No hay nada que se le parezca en el sistema solar, donde los satélites son cuerpos relativamente pequeños que o bien se formaron lentamente a partir del agregado de escombros o fueron capturados al pasar. En otros lugares se producen historias similares. Las colisiones gigantes de otros sistemas solares producen abundante polvo visible con el Telescopio Espacial Spitzer, pero aunque se han encontrado algunos sistemas originados de ese polvo, las colisiones lo suficientemente grandes como para originar algo como la Luna parecen ocurrir sólo en el 5 a 10% de los sistemas solares, y el número de casos en los que esto ha sucedido realmente es mucho menor.
¿Qué importancia tiene esto? El tamaño de la Luna provee una mano gravitacional firme que ayuda a estabilizar la inclinación u "oblicuidad" del eje de la Tierra. Eso impide que los cambios en el patrón de calentamiento solar en la superficie del planeta generen cambios climáticos extremos, incluyendo períodos de congelamiento del planeta entero. Es una gran cosa para nosotros. "Las condiciones podrían ser malas para la vida compleja en la Tierra si no hubiera Luna y si la oblicuidad del eje variara significativamente", dice David Spiegel, un científico planetario de la Universidad de Princeton.
Según Spiegel, la Tierra podría haber albergado vida sin su enorme Luna: incluso debajo de una superficie congelada, el agua podría haber ofrecido un hábitat digno para las criaturas marinas. Pero es poco probable que nosotros anduviéramos por ahí para poder apreciarlo.

3.900 millones de años atrás: La vida explota en la Tierra
Los últimos bombardeos intensos del Sistema Solar que cayeron sobre nuestro planeta también podrían haber traído agua, creando nurseries para la vida.
Las tribulaciones de la Tierra adolescente no terminaron con el impacto que creó la Luna. Un problema se estaba gestando más lejos, entre los gigantes del Sistema solar. Aquellos truenos finalmente precipitaron una calamidad que una vez más ofreció una oportunidad para la vida.
El aspecto escarpado del "Hombre de la Luna" nos resulta familiar a partir de las historias de la infancia. En forma más prosaica, se trata de cráteres que marcan la superficie de nuestro satélite.
Las muestras de roca traídas por los astronautas del Apolo revelan un dato curioso: los cráteres más grandes parecen haberse producido todos en la misma época, hace 3.900 millones de años. Es una evidencia concreta de un período violento en la historia del Sistema Solar que se conoce como "bombardeo intenso tardío". Es poco probable que la Luna haya sido el único blanco. Al ser más grande, la Tierra debe haber sido golpeada más intensamente, a pesar de que su geología más activa haya borrado la mayor parte de las huellas.
La causa de este súbito juego de bagatelas planetarias no está del todo clara. En 2005 surgió la teoría de que fue provocado por una lucha entre los cuatro gigantes del Sistema Solar, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Ligeros desplazamientos en las órbitas de Saturno y Júpiter condujeron a que el período orbital de Saturno se volviera exactamente el doble del de Júpiter. La resonancia gravitacional sacudió las órbitas de los cuatro gigantes y envió a los asteroides y cometas cercanos a bombardear el interior del Sistema solar.
¿Por suerte para nosotros? Dado que la Tierra se formó cerca del Sol, debió ser un planeta demasiado caliente como para que el agua se condensara y se incorporara a ella. Los cometas y asteroides se habían originado más lejos, donde el agua congelada era abundante. Es posible, entonces, que el bombardeo haya traído las primeras aguas a la Tierra.
El bombardeo intenso tardío puede haber tenido también un impacto más directo sobre los orígenes de la vida. Inicialmente creó condiciones extremadamente difíciles en la Tierra. "Imagine piscinas de roca fundida en la superficie del tamaño del continente africano", dice Stephen Mojzsis, un geólogo de la Universidad de Colorado en Boulder. "Pero una vez que se enfriaron, estos cráteres deben haber sido sitios ideales para el comienzo de la vida", explica Charles Cockell de la Universidad Abierta de Milton Keynes, Reino Unido, "con el calor residual conduciendo las reacciones químicas en el agua caliente que circulaba a través de las rocas".
Alternativamente, si la vida ya había comenzado, el evento pudo haber alterado el curso de la evolución, eliminando a todos los microbios excepto a los más resistentes al calor, señala Mojzsis. "Esta es la historia de la vida, extinción en masa que conduce a nuevos estilos de vida". Es una historia a la que le faltaban todavía algunos capítulos para funcionar.

2.000 millones de años atrás: Un gran salto para una sola célula
Un extraño evento creó al antecesor de toda la vida multicelular en la Tierra. Sin su poco convencional génesis, es posible que nunca hubiéramos sido más que una bacteria.
La vida es lo que hacemos de ella. Los primeros organismos en la Tierra recién abastecida de agua no podían hacer gran cosa. Por mil millones de años o más las entidades unicelulares simplemente se transformaron, se multiplicaron y colonizaron los océanos. La fotosíntesis fue una innovación: hace unos 2.500 millones de años, las bacterias marinas suministraron a la atmósfera de la Tierra su primera bocanada de oxígeno. Pero cuando llegó el siguiente punto de inflexión, lo hizo en una dirección inesperada.
La vida en la Tierra se encuentra a ambos lados de un abismo. Por un lado los procariontes -bacterias y arqueas- cuyas únicas células no son más que pequeñas bolsas de productos químicos. Por otro lado, los eucariontes, cuyas complejas células tienen membranas internas, esqueletos y sistemas de transporte.
La bacteria más grande del mundo tiene menos de 1 milímetro de largo, pero una sola célula eucarionte se puede extender más de un metro. Y mientras que las bacterias no forman nada más complejo que cadenas de células idénticas, las células eucariontes cooperan para formar de todo, desde cerebros hasta huesos o madera.
La innumerables células únicas que vivían en cada uno de los ambientes de la Tierra han tenido más de 3.000 millones de años para evolucionar a la complejidad. Podría haber sucedido en varias ocasiones y sin embargo, parece haber ocurrido una sola vez, hace unos 2.000 millones de años. Toda la vida compleja desciende de un único antepasado común.
¿Por qué? Porque, dice Nick Lane del Colegio Universitario de Londres, la selección natural normalmente favorece una rápida replicación, manteniendo a las células simples. Entonces ocurrió un evento extraordinario: una arquea envolvió a una bacteria y las dos células establecieron una relación simbiótica. Esto transformó la dinámica de la evolución, dando lugar a un período de cambios rápidos que produjo innovaciones tales como el sexo. La bacteria incorporada evolucionó a mitocondria, la generadora de energía de las células complejas.
Estas "endosimbiosis" ahora son comunes en las células complejas. Los cloroplastos que llevan a cabo la fotosíntesis en las células de las plantas, por ejemplo, eran originalmente bacterias fotosintetizadoras. Pero sólo conocemos un par de ejemplos más de una célula simple que dé alojamiento a otra. Así que parece que no había nada que no se pudiera evitar en el ascenso de los sofisticados organismos a partir de los cuales evolucionamos. "La conclusión inevitable es que el Universo debería estar lleno de bacterias, pero que las formas de vida más complejas son raras", dice Lane.

635 millones de años atrás: La edad del líquen heroico
La vida temprana en la Tierra tuvo que armar una montaña rusa de oxígeno, hasta que la humilde simbiosis de algas y hongos puso fin a las alzas y bajas.

El mundo de las primeras células complejas era muy diferente al de hoy. Los primeros esfuerzos de las bacterias fotosintetizadoras habían levantado el nivel de oxígeno en la atmósfera a un 2%,, apenas una décima parte de los niveles actuales. El aire sofocante y los océanos estancados eran los leitmotifs del siguiente período de la historia de nuestro planeta, una estasis ambiental conocida como "los aburridos mil millones". Una extraordinaria coincidencia de la biología y la geología sacó a la Tierra de su modorra.
Para llegar a donde están hoy en día los eucariontes necesitaban la oxigenación química de sus músculos. Esto activó el proceso de la respiración aeróbica que nos mantiene en marcha, no sólo a nosotros, sino también a las plantas y a los animales.
Hace unos 800 millones de años las cosas empezaron a buscar oxígeno. Los fenómenos de rifting y volcanismo asociados con la fractura del supercontinente Rodinia aumentaron la erosión y llenaron los océanos de nutrientes, causando una especie de boom de las cianobacterias fotosintetizadoras.
¿Final feliz, con oxígeno abundante para todos? No en primera instancia: el incremento de la fotosíntesis absorbió el dióxido de carbono, y cuando las colonias murieron y se hundieron en el fondo del océano, este importante gas con efecto invernadero se escapó fuera de la atmósfera. Hace 720 millones de años el planeta se había sumido en una glaciación que llegó hasta el ecuador: una Tierra "en bola de nieve".
Como tantas otras veces la catástrofe pareció ser una oportunidad para la vida. "Los niveles de dióxido de carbono en disminución impulsaron la innovación biológica", dice el geoquímico Graham Shields del Colegio Universitario de Londres. En este caso hicieron que nuevos tipos de células complejas dejaran el ghetto marino y colonizaran la tierra.
Enfrentadas a un planeta cubierto de hielo estas formas pioneras de vida terrestre -algas verdes y líquenes- incialmente hicieron poco. Pero los niveles de dióxido de carbono se recobraron gradualmente y, unos 635 millones de años atrás, los glaciares se retiraron hacia los polos, revelando una tierra preparada para ser verde como nunca antes.
Los líquenes, simbiosis de algas y hongos, tienen raíces conocidas como hifas que los anclan a las rocas. Ellas crearon nuevas rutas para la erosión física y química y los océanos se llenaron de nutrientes una vez más.
En esta ocasión, sin embargo, el resultado no sólo fue alzas y bajas. El líquen seguía erosionando las rocas y un flujo constante de nutrientes mantuvo a las bacterias fotosintetizadoras en permanente alza. Poco a poco, los niveles de oxígeno alcanzaron la altura actual.
Poco tiempo después, hace 580 millones de años, el primero de nuestros antepasados animales olfateó su camino al registro fósil, seguido por las plantas de hoja, ambos afortunados beneficiarios de estos improbables héroes biológicos.

65 millones de años atrás: Asteroide asesino revestido de plata
Una roca de 10 kilómetros de extensión acabó con los dinosaurios pero abrió la ventana de la oportunidad para unos animalitos poco impresionantes, llamados mamíferos.
El aumento de la concentración de oxígeno en la atmósfera fue seguido por un frenesí de innovación evolutiva, durante el cual surgieron la mayoría de los grupos de animales que conocemos hoy. Por 350 millones de años los yacimientos de carbón establecidos en el período carbonífero hablan de un mundo cubierto también de exuberante verdor. Rápidamente, esta Tierra verde se convirtió en el hogar de unos animales de un tamaño que nunca antes se había visto: los dinosaurios. La Edad de los Reptiles duró 160 millones de años. Hizo falta una intervención extraterrestre para despejar el camino hacia un nuevo orden mundial.
Nada parecido al bombardeo intenso tardío ha afectado a la Tierra en los tiempos geológicos recientes, pero cada 100 millones de años, más o menos, algo grande golpea al planeta. Si ocurriera ahora, nos aniquilaría. Y sin embargo, curiosamente, es probable que le debamos nuestra existencia al último de estos impactos.
Hace alrededor de 65,5 millones de años un asteroide de unos 10 kilómetros de extensión impactó en la península de Yucatán, en el México actual. La liberación de carbono y gases ricos en azufre de las capas de la roca estrellada precipitó una catástrofe global durante la cual se desencadenaron incendios, el cielo se oscureció, la Tierra se enfrió y cayó una lluvia ácida. A los pocos meses los dinosaurios estaban muertos. También lo estaban casi todos los otros reptiles de mar y de aire, junto con los ammonites y la mayoría de las aves y plantas de la tierra.
Para los mamíferos la historia fue diferente. No es que les resultara fácil -aproximadamente la mitad de las especies se extinguieron- pero los que sobrevivieron eran pequeños, versátiles y se multiplicaban rápido, y pudieron aprovechar los abundantes detritos causados por el impacto. Eran capaces de cavar una madriguera o de esconderse para escapar de los incendios y de la lluvia ácida. Vivían en ecosistemas de agua dulce que se alimentan principalmente de materia orgánica muerta y por lo tanto eran más resistentes frente a la catástrofe que los océanos y la tierra seca.
Estos sobrevivientes llegaron a heredar la Tierra. A medida que la biosfera se recuperó los mamíferos llenaron los nichos que dejaron vacantes los dinosaurios y finalmente, los de los reptiles marinos también. El registro fósil sugiere que esto ocurrió en una explosión de creatividad evolutiva hace 65 a 55 millones de años. Algunos estudios de "relojes moleculares", que comparan los genomas de especies vivas relacionadas para reconstruir su árbol evolutivo, pintan un cuadro ligeramente distinto, sugiriendo que la evolución de los mamíferos no ocurrió hasta 10 millones de años después del impacto.
De cualquier manera, un linaje que hace su debut es el nuestro, el de los primates. Razón suficiente como para decir que si ese asteroide no hubiera estado allí entonces, nosotros no estaríamos aquí ahora.

6 millones de años atrás: Cerebro o músculo ¿cuál era mejor?
Cuando las cosas se pusieron difíciles en el África Oriental prehistórica, algunos de los parientes más cercanos de la humanidad apostaron por mandíbulas más grandes, en lugar de cerebros más grandes. Gran error.
Por unos 30 millones de años, los advenedizos primates habían llegado a dominar el dosel de la selva tropical, nuevamente exuberante. Para un grupo en particular, esta era sólo una zona de paso.
Hace más de 20 millones de años, África Oriental se jactaba de que sus selvas amazónicas eran hogares estables y llenos de abundancia para nuestros antepasados, que todavía colgaban de los árboles. Entonces la Tierra se movió, casi literalmente. Una pluma de magma comenzó a empujar desde abajo a lo que hoy es el norte de Etiopía.
Durante los siguientes 15 millones de años dos grandes macizos de montañas que corren de Norte a Sur, cada uno de aproximadamente dos kilómetros de altura, se levantaron en la meseta del África Oriental. En el centro estaba el Gran Valle del Rift, una depresión ubicada un kilómetro por encima del nivel del mar.
Las montañas del este desviaban los vientos cargados de humedad que venían del Océano Índico, y las del oeste detenían a los vientos similares que venían del Congo. Privado de lluvias, el valle gradualmente comenzó a cambiar de un frondoso bosque tropical a una sabana dispersa. Vivir en los árboles dejó de ser una estrategia de supervivencia viable para nuestros ancestros africanos.
El terreno montañoso recientemente formado también hospedó lagos efímeros de aguas profundas, que se formaban y desaparecían en unos cientos de años. Esta variabilidad en el entorno fue la fuente de una tremenda presión evolutiva. "Uno necesitaba tener una habilidad para migrar y moverse de una fuente de alimento a otra", dice Mark Maslin del Colegio Universitario de Londres. De una forma o de otra, esto condujo a un momento seminal en el desarrollo de los primates hace unos 6 millones de años: que una especie aprendiera a pararse y a caminar sobre sus pies.
El entorno rápidamente cambiante apuntaba a que la evolución de los primates no podía detenerse allí. "Uno tenía que pensar en una salida o comerse la salida", dice Maslin. Hace unos 2,5 millones de años, la evolución tomó dos caminos: uno hacia los cerebros más grandes, para pensar en mejores formas de adaptarse, el otro hacia las mandíbulas más grandes, para comer tubérculos duros y nueces. La primera estrategia tuvo mayor poder de permanencia. Los homínidos de grandes mandíbulas finalmente murieron, mientras que el más inteligente Homo habilis es celebrado como el antepasado directo de los humanos que eventualmente pudieron salir de África.

70.000 años atrás: Inventando el lenguaje, la forma fácil
Los pastos frescos fueron sinónimo de una vida más acogedora para los primeros humanos, si no, no nos habríamos relajado lo suficiente como para aprender a hablar.
Y salir de África fue lo que hicimos, con el tiempo. Los seres humanos anatómicamente modernos, con su delgada armazón y sus grandes cerebros, evolucionaron en lo que hoy es Etiopía por unos 200.000 años, pero fue hace menos de 100.000 años que un pequeño grupo cruzó el Mar Rojo en dirección a la península arábiga. No sabemos por qué: posiblemente se tratara de un capricho o de la pasión por los viajes más que de una necesidad imperiosa. De cualquier manera, fue un gran salto.
En los nuevas praderas de Oriente Medio y Asia, los primeros humanos encontraron un entorno fresco y generoso, que facilitó la competencia por los recursos entre ellos mismos o con otros primates. Agregue a eso las herramientas que les permitían cosechar nuevos tipos de alimentos y a nuestros antepasados nunca les había ido tan bien.
Liberados de muchas de las presiones selectivas que habían encadenado su evolución, comenzaron a cambiar sutilmente. Sus llamadas, por ejemplo, habían necesitado alguna vez ser muy específicas -una señal de agresión, otra para anunciar la hora de comer, y así sucesivamente- y estaban grabadas en sus cerebros. Cualquier variación de ese pequeño "vocabulario" heredado representaba el riesgo de una fatal mala interpretación, así que las mutaciones que promovían una mayor flexibilidad del lenguaje fueron eliminadas rápidamente.
En los nuevos refugios, sin embargo, emergieron las mutaciones que permitían vocalizaciones más complejas, controladas por regiones más amplias del cerebro. Finalmente, éstas se transformaron en grandes vocabularios aprendidos y gramáticas flexibles que volaron en pedazos las estrictas restricciones de la comunicación interpersonal. Un cambio de escenario había creado accidentalmente el más humano de los rasgos: el lenguaje.
¿Cómo podemos estar seguros? Es imposible retroceder en el tiempo y poner a prueba esta idea, pero hay evidencias convincentes que vienen del estudio del canto de los pájaros, que a menudo es utilizado como un análogo del lenguaje humano. Terrence Deacon, de la Universidad de California, Berkeley, por ejemplo, ha descubierto que los pinzones bengalíes desarrollan rápidamente un dialecto más complicado cuando se los extrae del medio silvestre y se los coloca en el ambiente más cómodo de una pajarera doméstica.
Y no hay ninguna duda de cuán significativo es un desarrollo como éste. Las palabras juegan un papel tan central en la cognición humana que la evolución del lenguaje sentó las bases de una tecnología, una cultura y una sociedad más avanzadas, la mayoría de las cosas, de hecho, que nos hacen ser lo que somos hoy en día.

Ninguna época en particular: La certeza del azar
Pequeños cambios al principio producen grandes diferencias al final. Es por eso que nuestra existencia está peligrosamente encaramada en una gran pirámide de preguntas y respuestas.
Así que aquí estamos. Explosiones de estrellas, colisiones gigantes, revoluciones en la evolución: no se puede negar que ha habido algunos cambios trascendentales en el camino que condujo a nosotros. Pero no todos los puntos de inflexión de la historia son tan especiales, tan ostentosos. Al salir de la pista del accidente y la coincidencia que marcaron nuestro pasado, podemos considerar una postura alternativa: que absolutamente todo es cuestión de suerte.
Incluso antes de que la Teoría del Caos se desarrollara en el siglo XX, para los historiadores y para los físicos estaba claro que pequeñas causas pueden conducir a grandes efectos. La fascinante longitud de la nariz de Cleopatra o la falta del clavo de una herradura de Ricardo III podían derribar imperios y dinastías, el más mínimo empujón gravitacional sobre una luna orbitando podía amplificarse en el tiempo hasta llegar a un desarreglo celestial.
Podría decirse que aun los más pequeños eventos pueden ser cruciales. Como ejemplo, imagine que está en posición de mirar desde arriba al planeta después de la desaparición obvia y desordenada de los dinosaurios, hace 65 millones de años. Usted manda un simple fotón extra hacia la superficie de la Tierra, y, en su camino, éste golpea a una molécula de agua de la atmósfera, aumentando ligeramente su energía y cambiando sus futuras colisiones con otras moléculas. El clima es un sistema caótico en el cual pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden producir resultados exponencialmente distintos, una propiedad conocida como "el efecto mariposa". En poco tiempo, nuestra molécula errante estará moviendo tempestades.
En todo el planeta, un cambio en el clima significa que los animales encontrarán pasturas abundantes en lugares diferentes, o tendrán refugio en diferentes días. Se encontrarán y se aparearán con animales diferentes. Las especies evolucionarán en diferentes direcciones.
A partir de la misma población genética y de los mismos nichos ambientales, la vida en nuestra Tierra alternativa, en conjunto, se parecería bastante a la de hoy. Los primeros primates podrían haber producido descendientes similares a los simios, por ejemplo. Pero no serían los chimpancés, los gorilas o los humanos que conocemos en la actualidad. Nuestra existencia está peligrosamente encaramada en una gran pirámide de preguntas y respuestas.

Fuente: NewScientist. Aportado por Silvia Angiola

miércoles, 4 de mayo de 2011

La vida en la Tierra podría provenir de Ceres


El planeta enano tal vez haya sobrevivido a los cataclísmicos impactos de asteroides

Un corte a travès de las capas de Ceres. ¿Existe una posibilidad de que este exòtico mundo sea el hogar de organismos extraterrestres?.

Los astrobiólogos tienen la esperanza de hallar vida en otros lugares del universo, incluso en nuestro propio vecindario cósmico: el sistema solar. Sus esfuerzos se concentran, generalmente, en mundos como el planeta Marte, o las lunas heladas como Europa. Sin embargo, hay otros lugares menos convencionales dentro del sistema solar en donde los científicos piensan que se puede encontrar vida.
En la conferencia de la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida, celebrada en Florencia, Italia, Joop Houtkooper, de la Universidad de Giessen, divulgó la teoría de que la vida podría haberse originado en el asteroide Ceres.
El lejano mundo Ceres, el planeta enano conocido más pequeño del sistema solar, se encuentra en el cinturón de asteroides. Fue denominado planeta luego de su descubrimiento en 1801, más tarde descendió a la categoría de asteroide. Pero, con la más reciente definición de la Unión Astronómica Internacional, el objeto esférico es ahora considerado un planeta enano. ¿Existe una chance de que este mundo exótico sea el hogar de organismos extraterrestres?
"Esta idea vino a mi mente cuando oí una charla donde se afirmaba que todos los satélites del sistema solar están formados en gran parte por hielo, mucho del cual se halla en estado líquido", dice Houtkooper. "El volumen total de todo este líquido es algo así como unas cuarenta veces el contenido por todos los océanos de la Tierra".
Esto le recordó a Houtkooper una teoría acerca de cómo se originó la vida. Los organismos pueden haberse desarrollado al comienzo alrededor de ventilas hidrotermales, que se encuentran en el fondo de los océanos y expulsan productos químicos hirvientes. Muchos cuerpos helados de nuestro sistema solar tienen núcleos rocosos, de tal manera que se puede pensar que poseen ventilas hidrotermales. Entonces Houtkooper pensó: "si la vida no es un fenómeno exclusivo de la Tierra y existe en otros lugares, estos cuerpos de hielo son los lugares donde la vida podría haberse originado".

Buscando evidencia

El comienzo de la historia del sistema solar es un período conocido como Bombardeo Intenso Tardío, una época turbulenta donde los impactos cataclísmicos de asteroides eran frecuentes. Si hubo vida en la Tierra antes de esta peligrosa era, es muy probable que haya sido erradicada y que haya tenido que comenzar nuevamente cuando gran parte de los desechos planetarios fueron desalojados del sistema solar interior. Curiosamente, la evidencia indica que Ceres permaneció indemne a los impactos durante esta época. Si hubiese sido bombardeado, hubiese perdido, y para siempre, su manto de agua; ya que su fuerza gravitacional es demasiado débil como para recapturar el líquido perdido. Esto es lo que probablemente ocurrió con el asteroide Vesta, que presenta un gran cráter de impacto y la ausencia total de agua.
"La evidencia señala que Ceres debe haber permanecido a salvo durante el Bombardeo Intenso Tardío", afirma Houtkooper. Esto significa que Ceres tendría "un océano de agua donde la vida podría haberse originado en la historia temprana del sistema solar".

Esto conduce a una interesante hipótesis. Si la Tierra fue esterilizada por impactos colosales, pero Ceres hospedó la vida superviviente, ¿podría el planeta enano re-inseminar nuestro planeta con vida, a través de fragmentos de roca que escaparon de Ceres e impactaron en nuestro planeta? ¿Todos los organismos terrestres, incluyendo humanos, son descendientes de Ceres? Esta es la idea que Houtkooper se dedicó a analizar.
"Observé diversos cuerpos del sistema solar, ya sea que tengan o hayan tenido océanos", explica. "El planeta Venus probablemente tuvo un océano en su historia temprana, pero la gran masa de este planeta implica que una gran fuerza es necesaria para que un fragmento de su corteza se aleje en dirección a la Tierra. Los objetos pequeños, como Ceres, tienen velocidades de escape menores, facilitando la separación de pequeños fragmentos".

Houtkooper luego calculó las rutas orbitales de asteroides, lunas y planetas candidatos para evaluar las mejores posiciones desde donde los fragmentos pudieran alcanzar la Tierra, sin ser interceptados por otros objetos. Ceres fue favorecido notablemente en estos cálculos.

La vida en Ceres

Por último, Houtkooper consideró la posibilidad de que actualmente existan organismos vivos en Ceres. "En el océano podría haber vida", sugiere. "En la superficie sería más dificultoso. Sin embargo, hay algunas posibilidades. Podría existir vida basada en el peróxido de hidrógeno, capaz de resistir bajas temperaturas". Aunque hasta el momento no se conoce la existencia de peróxido de hidrógeno en Ceres, tampoco existe evidencia que descarte esta posibilidad.
La idea de que la Tierra fue inseminada con vida proveniente de Ceres, y de que hoy en día habría criaturas vivas en el planeta enano, es sin duda fascinante, pero Houtkooper admite que esto es más ciencia ficción que hecho científico, mientras no haya evidencia disponible. Ésta es naturalmente difícil de obtener, puesto que Ceres es un pequeño y distante mundo. Incluso las mejores imágenes actuales contienen poca definición, y sólo muestran algunas formaciones superficiales; representa un misterio la naturaleza de estas formaciones. El análisis espectral indica la presencia de materiales arcillosos, y la forma ligeramente aplanada de Ceres es lo que podría esperarse de un mundo con un núcleo rocoso bajo un capa de agua congelada. Ceres es un planeta enano con muchos secretos.
Afortunadamente, este panorama pronto cambiará gracias a la misión Dawn (Amanecer) de la NASA. Lanzada en 2007, la sonda espacial debe llegar a Ceres en 2015. Una vez allí, echará luz sobre este misterioso mundo y, quizás, tomará fotografías de géiseres de agua en plena acción. Una vista detallada de Ceres podría indicar si realmente tiene potencial para albergar vida.


Fuente: The Associated Press
Traductor al español: Leonardo Montero Flores


domingo, 1 de mayo de 2011

El cazador de antimateria sale al espacio

El transbordador 'Endeavour', en su último viaje, pone en órbita un experimento con participación española para atrapar un misterioso componente del Universo surgido hace 13.700 millones de años

Comienza la mayor cacería de antimateria jamás acometida por el ser humano. La realizan 16 países, incluido España, y su sabueso es el detector AMS, un ingenio de siete toneladas capaz de filtrar miles de partículas que atraviesan la oscuridad del espacio. Podrá atrapar los restos de un fabuloso proceso de aniquilación mutua que comenzó con el Big Bang hace 13.700 millones de años y del que la materia de la que estamos hechos salió triunfante sobre la antimateria, de la que apenas queda rastro.


El AMS-02 (Espectrómetro Magnético Alfa) está ya en las tripas del transbordador Endeavourde la NASA. La nave emprende hoy su último viaje al espacio poco antes de las 10 de la noche, hora peninsular española. Está previsto que el presidente de EEUU, Barack Obama, sea el invitado de honor del lanzamiento, que se realiza desde el Centro Espacial Kennedy de Florida. Junto a él estará la representante demócrata Gabrielle Giffords, recuperada de las heridas que sufrió en enero tras ser disparada durante un mítin político en Tucson en el que murieron seis personas. Su marido, Mark Kelly, es el comandante del Endeavour, en el que viajan otros cinco astronautas.

Dieciséis países participan en el proyecto, que estará diez años operativo
El lanzamiento será presenciado también por una nutrida delegación española encabezada por la ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia. La acompañan los investigadores del Ciemat y el Instituto de Astrofísica de Canarias, que llevan más de diez años diseñando el AMS.
"Como dijo aquel, no tengo miedo, sólo vértigo", confesaba ayer Manuel Aguilar, coordinador de la participación española en el AMS, al teléfono desde el Centro Kennedy. "El vuelo es un momento peligroso para una carga tan delicada como la que hemos diseñado", concedía.
La principal aportación española al proyecto es el RICH, uno de los ocho detectores de los que está compuesto el AMS. Medirá la velocidad y la carga de las 10.000 partículas que atravesarán el detector cada minuto una vez sea instalado en uno de los extremos de la Estación Espacial Internacional (ISS). Sus potentes imanes permitirán cribar partículas y antipartículas que viajan a casi la velocidad de la luz y curvar su trayectoria para estudiar las más interesantes.
Si todo sale bien, el Endeavour se acoplará a la ISS cuatro días después del lanzamiento. Ese mismo día, los brazos robóticos del transbordador y la ISS colocarán el AMS en su sitio, se realizará la primera conexión eléctrica y el envío de datos, primero a los centros espaciales Goddard y JPL de la NASA y después al laboratorio europeo de física de partículas CERN, en Ginebra, señala Aguilar. En este lugar funciona ya el LHC, el acelerador de partículas más potente del mundo, capaz de generar energías similares a las que sucedieron durante el Big Bang. Mientras en tierra esta máquina crea pequeños big bangs artificiales para intentar recrear las partículas originarias del universo, el AMS pescará en el espacio los restos naturales del verdadero Big Bang durante los próximos diez años.
"Apenas ha habido experimentos en el espacio exterior como el AMS, que será el número uno en su clase", reconoce Bernardo Adeva, físico de la Universidad de Santiago de Compostela que trabaja en un detector del LHC diseñado para estudiar la desproporción entre materia y antimateria.
El AMS fue propuesto en 1995 y ha costado unos 1.200 millones de euros. Es en gran parte empeño del físico chinoestadounidense Sam Ting, premio Nobel de Física en 1974 y máximo responsable de esta cacería de antimateria, que a su vez podría demostrar que en algún lugar del cosmos hay antiestrellas y antigalaxias hechas de un material igual al de las estrellas y galaxias convencionales, pero de carga inversa.
El ingenio puede adelantarse al LHC encontrando materia oscura
El contacto entre materia y antimateria produce una aniquilación instantánea que origina una de las fuentes de energía más potentes que se conocen. La mezcla de un miligramo de cada sustancia genera tanto empuje como dos toneladas de un combustible similar al que empujará hoy alEndeavour.

Aniquilación total

Según la teoría del Big Bang, en el comienzo del universo había tanta materia como antimateria. Tras la aniquilación masiva no habría quedado más que luz y ni un resquicio para la materia convencional que compone las estrellas, los planetas, las nubes, las casas e incluso las máquinas humanas que sirven para generar ínfimas cantidades de antimateria, como el experimento ALPHA, también en el CERN. El año pasado, sus responsables dieron un paso clave tras generar 38 átomos de antihidrógeno, el elemento más simple formado por un protón y un electrón. Su versión de antimateria (un antiprotón y un positrón) sobrevivieron durante una décima de segundo. Esta semana, otro laboratorio de EEUU, el RHIC, generaba 18 núcleos de antihelio, la pieza de antimateria más pesada jamás creada. El núcleo de antihelio está hecho de dos antiprotones y dos antineutrones. Encontrarlo en el espacio en su versión natural sería uno de los mayores triunfos científicos de la década.

Unos expertos piensan que la aniquilación tras el Big Bang no fue total y otros, lo contrario. Un pequeño desequilibrio a favor de la materia hizo que esta fuese algo más abundante y que, 13.700 millones de años después, sea ubicua frente a la antimateria, que aún no ha sido detectada en el espacio. El helio es clave para hacerlo, pues la mayor parte de todo el que existe se creó durante los tres primeros minutos tras el Big Bang. "Sólo el 1% del antihelio que existe lo producen las estrellas actuales", señala Piergiorgio Picozza,director de PAMELA, un detector de antimateria lanzado en 2006 y financiado por Rusia, Italia, Alemania y Suecia. Encontrar un núcleo de antihelio significaría atrapar un escombro del origen del universo que confirmaría aquel desequilibrio inicial e incluso apuntaría a que, en algún lugar del cosmos, hay estrellas y galaxias alternativas hechas de antimateria. Esta última posibilidad, propuesta en 1930 por el físico británico Paul Dirac, primer teórico en predecir la existencia de antimateria, es aún controvertida. "Hallar antihelio probaría que la aniquilación no fue completa, pero no que haya antiestrellas o un antiuniverso", opina Picozza.
El equipo del AMS, cuya sensibilidad es varias veces mayor que la de PAMELA, pide cautela sobre la posible existencia de las antiestrellas de Dirac. "Es difícil decir cuándo podremos tener las primeras muestras de antimateria, los primeros resultados científicos llegarán en unos seis meses", apunta Aguilar.
El detector también puede aclarar otros misterios, como el de la materia oscura. Este componente del universo es invisible para los telescopios convencionales pero, según la teoría más aceptada, compone hasta el 24% de todo el cosmos. El AMS podría hallar el neutralino, uno de los candidatos favoritos a componer la materia oscura.
Más aún, el artefacto podría hallar materia extraña, una nueva forma de materia cuya posible existencia fue apuntada después de que la atisbase un prototipo previo del AMS desde la estación espacial rusa Mir. "Lo único que sabemos seguro es que cuando se explora una región nueva como ahora se generan datos que superan la intuición humana", concluye Aguilar.
NUÑO DOMÍNGUEZ